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Full text of "Las colonias de Inglaterra en América;"

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LAS COLONIAS 



DE 



INGLATERRA M AMÉRICA 



Discurso pronunciado en el Ateneo Científico-Literario de Madrid 

EN EL 

CURSO DE POLÍTICA Y SISTEMAS COLONIALES 

POR 

RAFAEL M. DE LABRA 



MADRID 

18V4 

IMPRENTA DE J. NOGUERA Á CARGO DE M. MARTÍNEZ 

calle dé Bordadores, núm 7 



LAS COLONIAS 



DE 



INGLATERRA EN AMÉRICA 



Discurso proiuacJado en el Ateneo Científico-Literario ¿e Madrid 

EN" EL 

CURSO DE POLÍTICA Y SISTEMAS COLONIALES 

POR 

RAFAEL M. DE LABRA 




MADRID 

IMPRENTA DE J. NOGUERA Á CARGO DE M. MARTÍNEZ 
calle de Bordadores, nú?n 7 



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OBRAS DEL MISMO AUTOR 

SOBRE MATERIAS COLONIALES 

La abolición de la esclavitud en el orden económico. = Un volumen 
de 500 págs. en 4.° 

Política y sistemas coloniales. — Introducción. = Un vol. de 90 pá- 
ginas en 4.° 

La libertad de los negros en Puerto-Rico. = Discursos pronunciados 
en la Asamblea Nacional en defensa de la ley de Marzo. = Un 
volumen en 16.° 

La emancipación de los esclavos en los Estados-Unidos. = Un volú- 
meu en 16.° 

Las colonizaciones británica y holandesa en Asia y Oceanía.—TJn. 
folleto. 

La abolición y la Sociedad Abolicionista en 1873. =Un folleto. 

La catástrofe de Santo Domingo (Historia de la esclavitud africa- 
na). = Un volumen en 8.° 



ADVERTENCIA 



No liace mucho di á la estampa las primeras Conferencias de 
mi curso de Política y Sistemas coloniales, que vienen á constituir 
un todo aparte y como una Introducción (\ la obra que acometí 
en 1870 desde la cátedra del Ateneo Científico Litera- 
rio de Madrid. -En las contadas líneas con que encabecé aquella 
publicación, explicaba las dificultades que me obligaban á aplazar 
indefinidamente la edición de mi Curso completo, y las poderosas 
razones que me movian á dar á luz las Conferencias referidas. 

Doy por repetido aquí todo lo que entonces dije. En estos ins- 
tantes creo pertinente llamar la atención de mis lectores sobre la 
Colonización inglesa, y por esto publico las páginas que siguen, y 
en las que se examina los orígenes y la fundación de los Estados- 
Unidos de América. A este estudio debia seguir otro relativo á la 
guerra de la independencia de 1776 y á la constitución definitiva 
de la república norte-americana. 

Pudiera liaber aguardado á tener concluida esta segunda parte 
de mi trabajo. No lo he q uerido hacer. Mi obra es puramente de 
propaganda, pratendo conocer un poco á mi público, y sé que en 
estos instantes, bajóla presión de los graves acontecimientos que 
embargan el ánimo, contados serán los lectores que tengan calma 
para leer ciento ó doscientas páginas. El caso es que circulen cier- 
tas ideas. El único que pierde non que sea de este modo soy yo, 
pero cuantos me conocen saben que en esta empresa miro algo más 
que mi pobre reputación literaria. 

Setiembre de 1874. 



Las Oolonias de Inglaterra 
en Aixi erica. 

Carácter general de la civilización inglesa.— La colonización británica. — 
Fundación y desarrollo de los Estados-Un dos. 



Señores:' 

No sé qué pintor acostumbraba postrarse de hinojos, 
vencido por el respeto y embargado por el amor, siempre 
que trazaba en el lienzo la dulce é interesante faz del Divi- 
no Maestro. De análogo modo, pero guardando las propor- 
ciones y habida cuenta de la diversidad de los casos, siem- 
pre que en el orden de mis estudios aparece la patria de 
Pitt. y de Cobden, siempre que mi espíritu se dispone á dis- 
currir sobre la historia, el carácter y el porvenir de Ingla- 
terra, el corazón me avisa y de mis labios brotan invenci- 
blemente una espresion de profunda admiración, y un 
acento de viva y poderosa simpatía. 

¡Cómo han cambiado los tiempos, señores! Apenas 
hace veinte años, esta simpatía y esta admiración choca- 
rían con sentimientos y prevenciones casi generales en 
ciertos círculos, y sobre todo en los círculos políticos. El 
grupo de los llamados en son de burla anglomanos, era 
entonces, no solo escaso, sí que rudamente combatido, tor- 
pemente calumniado, cuando, por acaso, pretendía secun- 
dar en nuestra patria alguna de las grandes reformas de 
cierto sentido internacional, que al pueblo inglés toca la 



89 ' 
honra de haber iniciado. Entonces lodo era críticas del 
sentido estrecho é interesado de la pérfida Albion, todo 
desconfianza de su púnica diplomacia, todo oposición á 
sus manejos, á sus tendencias, á sus inhumanas aspiracio- 
nes, olvidando, con sin igual injusticia, que á ese pueblo 
debe Europa la independencia de las nacionalidades contra 
Napoleón, y la libertad política contra la Santa Alianza, al 
par que la vida, el prestigio y la fortaleza de la pléyade de 
grandes pensadores, heroicos soldados y eminentes estadis- 
tas que, desde nuestro venerable Arguelles hasta el inmortal 
Mazzini, han padecido hambre y sed por la justicia, persi- 
guiendo eternamente — con mayor ó menor acierto, pero 
siempre con viriles ansias — los ideales de la democracia y 
escitando los odios y las brutalidades de todo género de los 
déspotas coronados ó de las muchedumbres fanatizadas á la 
luz de las viejas creencias; país cien veces ilustre, que en el 
orden de los intereses generales, de los intereses puramente 
humanos, ha realizado la emancipación de los católicos, la 
libertad de comercio, la abolición de la esclavitud y la re- 
forma colonial, aplastando monopolios, sacrificando teso- 
ros y desafiando envidias y preocupaciones; y donde se 
ha conseguido, como en ninguna otra nación del mundo 
moderno, que sea una verdad, un hecho positivo é incon- 
testable la soberanía del pueblo, ó mejor todavía el impe- 
rio de la opinión pública, fórmula suprema y genuina de 
uno de los dos grandes principios de la sociedad política de 
nuestros tiempos. 

De entonces acá, repito, ¡cuánto han cambiado las 
ideas y los afectos! El oro inglés ya solo escita risa; la His- 
toria de crímenes del doctor Lingard, es pura y llanamente 
la historia de cualquier pueblo; el interés esclusivo y ver- 
gonzoso de Inglaterra en la abolición de la esclavitud, solo 
la ignorancia petulante lo comprende; los perjuicios que 
sacamos de la cooperación da Wellington en nuestra guer- 
ra de la Independencia, es un tema ya trasnochado — tan 
trasnochado como el de la monstruosidad de los carbona- 
rios y la responsabilidad de los masones de todas las des- 
gracias ó los conflictos de-España. Sobre esto ha quedado 



90 

el respeto que naturalmente debe inspirar el pueblo que 
tan lenta, pero tan seguramente, y no con paso tan quedo 
ni tan corto como á primera vista parece, ha llegado á re- 
solver su pavorosa cuestión social y sus grandes problemas 
políticos con la reforma arancelaria, la libertad de asocia- 
ción, el sufragio de los house-holders, la ley agraria, y 
el voto secreto, sobre el Habeas Corpus y el Bill de de- 
rechos. 

Hoy ya las críticas toman otro sentido: los adversarios 
de Inglaterra entran en otro camino. El porvenir es som- 
brío: la agitación de los Pyatt y las conferencias de La 
Internacional, son una amenaza: la reforma electoral es un 
peligro, y todo anuncia el dia de la catástrofe con mas se- 
guridad que cuando se insurreccionaban los cipayos en la 
India, ó Londres pasaba por las terribles angustias del vier- 
nes negro. Talds son los pavorosos presagios de los que ai 
ver cómo se trasforma y desaparece la vieja sociedad in- 
glesa sin estrépito ni sobresaltos, y sin que á esta trasfor- 
macion trasciendan las aparentes violencias de la plaza pú- 
blica, parodian hoy la frase de uno de nuestros más gran- 
des oradores, del célebre Alcalá Galiano: «La sociedad in- 
glesa muere: como al imperio romano la matan los bárba- 
ros: solo que ahora no son los bárbaros de fuera, sí que los 
bárbaros de dentro.» 

No es de mi incumbencia, señores, refutar aquí estos 
nuevos errores, ni por necesario lo tengo. La vida del pue- 
blo inglés se ve y se palpa, y su vigor y su riqueza cada 
año se muestra salvando de admirable manera esos mis- 
mos peligros, que sus adversarios tienen por estremos é 
inescusables. 

Necesito, empero, fijar bien el alcance de mis sen- 
timientos respecto de Inglaterra, no sea que alguno se eche 
á pensar que mi amor no tiene límites y que rivalizo 
con el doctor Pangloss, siempre que paseo por las orillas 
del Támesis. Nada de esto. Que Inglaterra tiene culpas, 
¡quién lo discute! Que su carácter no es intachable, 
¡quién lo niega! Que bajo ciertos respectos es inferior 
á otros pueblos, yo no lo resisto. Que bajo el punto de 



91 
vista colonizador, en cierta época, aparece detrás de nues- 
tra Patria, yo lo acepto. 

Por lo mismo fijemos bien el sentido y el valor de In- 
glaterra; y fijémonos en cuanto importa ai orden de nues- 
tros actuales trabajos. 

Si me hubierais de exigir que en ana sola frase formu- 
lase mi opinión sobre el pueblo británico, os respondería 
diciendo, que es un pueblo positivo. Con esto quiero significar 
un pueblo dueño siempre de sí, conocedor de lo que le con- 
viene, nada dispuesto á los estravíos y las exaltaciones, 
preciso en sus cálculos, exacto en sus esfuerzos, preo- 
cupado, si se os antoja, de su propio interés, mas no 
por esto merecedor del calificativo de egoista , — dado 
que lo que le absorbe y le arrastra es el interés ver- 
dadero, el interés bien entendido de Bentham, que en ri- 
gor supone el provecho de todos; — refractario á las 
grandes síntesis, poco aficionado al procedimiento de- 
ductivo; incapaz, si así lo queréis, de esas ordenadas 
cuanto espléndidas construcciones que son el encanto y el 
pecado de la raza latina, pero en cambio dotado de una 
disposición verdaderamente admirable, de un verdadero 
instinto para buscar las armonías sociales por el camino 
de la competencia individual y del bienestar particular, 
así como por el desarrollo, al parecer, esclusivo y hasta 
disparatado de las institucionts fundamentales y de los 
grandes intereses humanos; vencido por el atractivo de los 
bienes materiales, atento al desenvolvimiento de la riqueza 
y esclavo encantado de los prodigios de la industria y del 
comercio, pero igualmente predispuesto á hacer de la co- 
modidad de la vida la firmísima base de la independencia 
de carácter y de la dignidad del hombre, como pronto 
siempre á prosternarse ante la ley redentora del trabajo. 
Así Inglaterra ha sido la patria de la escuela esperimental, 
y con ella de la filosofía escocesa: Inglaterra ha sido la 
patria de Arkwright, de Watt, de Boulton, de Stephenson, 
y con ellos, de la primera Esposicion Internacional del 
mundo: Inglaterra ha sido la patria de Adam Smith y de 
la Economía política, y con ellos de Cobden y la libertad 



92 
de cambio, de Wilberforce y la propaganda abolicionista, 
de las sociedades de templanza, de las asociaciones pro- 
tectoras de animales, de la Británica para el progreso de 
las Ciencias y de los Congresos para la reforma peniten- 
ciaria. Así el pueblo británico es, no egoísta, no sensual, no 
materialista, sí que positivo, entero, viril; aunque no por 
esto siempre en lo cierto, ni constantemente á una luz fa- 
vorable . 

Las causas que han producido estas condiciones que 
constituyen el carácter inglés, son tan varias como de 
considerable importancia. La raza, la posición geográfica, 
la naturaleza de las relaciones de Inglaterra con los demás 
pueblos, la religión, las instituciones políticas, todo ha con- 
tribuido á formar ese carácter; y vosotros sois harto dis- 
cretos para pedirme que ahora me aparte del objeto espe- 
cial de nuestro estudio y dedique mi tiempo y mi palabra 
áeste punto por lo demás de evidente trascendencia. Esto 
no obstante, algo diré de cada uno de los factores apun- 
tados. 

El inglés que en cualquier momento puede verse cru- 
zando tan silencioso como apresurado el puente de Londres 
ó las calles de Liverpool, y mas aun el inglés de los tiem- 
pos de la Reina Virgen y de Jacobo I (que es el que interesa 
á nuestro estudio porque es el que inició la obra de la co- 
lonización británica) apenas si en sus condiciones intrínse- 
cas y sus rasgos generales y característicos se distingue de 
aquel sajón que en el siglo v, llamado por los bretones pa- 
ra rechazar á los pictos, abandonó las costas del continen- 
te europeo y con sus grandes hachas y sus pesadas lanzas 
tomó posesión déla Bretaña, (abandonada ya de los roma- 
nos,) ofreciendo en cada encrucijada un altar para los drui- 
das, y levantando con sus atrevimientos, sus hazañas y sus 
escentricidades abundante materia á la poesía de aquella 
época de monstruos y de avalanchas, de vaguedades y de 
tormentas; y alma y vida á las famosas creaciones del en- 
cantador Merlin y el rey Artús que tanto embelesaron á los 
hombres de la Edad Media. 

De natural recio, esterior sano y proporciones amplias, 



93 
cuando no atléticas, de apetito grande y grosero, tempe- 
ramento frió, inclinación triste, aspecto taciturno, aficio- 
nado á la vida aislada, propenso al hogar, duro si no indi- 
ferente á la belleza sensible, el sajón del siglo v encontró 
en Inglaterra — tierra áspera é ingrata, cielo de amarguras, 
mares peligrosos y agitados y atmósfera de brumas — todas 
las condiciones esteriores que podian darse para que su ca- 
rácter tomase fuerza y desarrollo, adquiriendo aquella ener- 
gía, aquella resistencia, aquella impenetrabilidad que le 
permiten mantenerse y salvar las contrariedades provanien- 
tes de su contacto con otras razas y otros pueblos. Los ro- 
manos no habían podido aclimatarse en la remota Breta- 
ña: los bretones no habían podido resistir á sus invasores y 
ni siquiera dominarlos (como en el continente sucedió con 
los godos, por ejemplo), haciéndoles aceptar sus ideas y 
sus costumbres, mas adelantadas por la influencia que en 
el país habían ejercido los soldados de Roma. El sajón, so- 
lo se modifica en cuanto se hace estable, y en vez de cor- 
rer el Océano en sus barcos de cuero, y visitar y saquear 
las comarcas vecinas, crea familias ó clanes, pacta alian- 
zas, forma reinos y funda aquella heptarquia, sombra de 
confederación y remedo de vida política, pacífica y orde- 
nada, que duró hasta la invasión normanda. Mas no por 
esto la raza sajona varió en sus condiciones fundamenta- 
les, y su energía llegó á tanto, que lo que respecto de ella 
no consiguieron los bretones, ella lo obtuvo de los nor- 
mandos. Así, mientras estos á partir del siglo xi, y después 
de varias tentativas desde el vm, lograron dominar el país 
antes ocupado por los sajones, é introducir en la lengua 
una tercera parte de sus voces, sin embargo el fondo del 
carácter nacional sigue como si no hubiese tenido efecto la 
batalla de Hastings. Y este carácter se mantiene cuando ya 
el pueblo británico, el pueblo inglés, en vez de recibir á 
invasores, invade otros países y lleva su simbólico leopardo 
á todas las estremidades de la tierra. 

Pero si aun se necesitara algo mas para robustecer 
aquel espíritu y aquellas tendencias, ahí está el cristianis- 
mo, introducido en Inglaterra aun antes de la invasión sa- 



94 
joña, adormecido cuando no olvidado muy luego, y revivi- 
do con sin igual energía hacia el siglo vi. Aquel cristianis- 
mo respondía admirablemente á las inclinaciones tristes, 
melancólicas, basta cierto punto reflexivas déla raza, y 
así logró en Inglaterra un desenvolvimiento verdaderamen- 
te pasmoso. El cisma de ochocientos años después, pro- 
clamando, con mas ó menos reservas, la competencia in- 
dividual para entender los libros sagrados y atacando, en 
mayor ó menor grado, la esterioridad poética, espansiva y 
deslumbradora del culto católico, no hizo mas que robus- 
tecer aquel espíritu reconcentrado, haciendo del hogar, no 
solo el refugio contra las inclemencias del clima y el tem- 
plo de la familia, sí que el verdadero altar de Dios. Y 
todavía el toque especialísimo del protestantismo inglés 
'distinto por tantos conceptos de la Reforma del Continente, 
ora se considere la organización de su Iglesia, ora se miren 
los artículos de su Credo), no prece sino inventado ad hoc, 
para afirmar la originalidad británica, puesto que nunca 
pueblo alguno pudo hablar con más fundamento de su re- 
ligión propia y exclusiva. De esta manera, si el tempera- 
mento hacia del inglés un hombre aislado, taciturno y hasta 
cierto punto escepcional, la religión vino áhacermas firmes 
é impenetrables las barreras que protegían su retiro y 
su individualidad, y desde entonces pudo decirse, como un 
eminente crítico de nuestros días, que el inglés nace secta- 
rio, como el francés sociable. 

Además, conviene tener muy en cuenta que la posición 
geográfica de Inglaterra ha preservado á esta desde hace 
nueve siglos de toda invasión estraña y aun de todo con- 
tacto con grandes masas de otro carácter y otras costum- 
bres; de modo que el pueblo inglés ha podido, no solo dis- 
poner de espacio para desenvolverse interiormente]dentro de 
las condiciones naturales de su país y de su vida, sino que ha 
tenido en su mano (hasta donde esto es factible) la regula- 
ción del modo y manera de recibir las influencias que des- 
de el continente europeo ó desde las remotas tierras de 
Asia y América podían trabajar el espíritu de su raza. 

La fuerza de esta consideración, señares, se debe apre- 



95 
ciar comparando lo que, en este orden de cosas sucede, por 
ejemplo, en Francia. Aquí la comunicación de las gentes ha 
sido, casi desde los primeros dias de la era cristiana, tan in- 
cesante como estensa; y bien se comprende toda la impor- 
■cia que en la civilización francesa ha debido tener este fac- 
tor. Los mares que ^odean á la Gran Bretaña han contri- 
buido, pues, á proporcionarle, no solo la soledad (relativa 
se entiende) que tan bien sentaba al espíritu de la raza sajo- 
na, sino que ha venido á fortificar este espíritu, no 
permitiendo que le distrageran el vocerío continental y los 
grandes sacudimientos y espansiones que aquí tenemos á 
las puertas mismas de casa. Verdad que Inglaterra, desde 
el siglo xvn señaladamente, ha procurado salir de esta so- 
ledad, llevando sus naves y sus ideas á todos los países del 
mundo; pero reparad, señores, de un lado, que estos actos 
y esta comunicación han sido voluntarios, dependientes, 
casi en absoluto, del cálculo y del deseo de Inglaterra, de- 
terminados por las necesidades de ésta y en el momento y 
déla manera que á ésta han convenido; y de otra parte, 
que las relaciones establecidas desde aquella fecha han 
sido, antes que todo, mercantiles, inspiradas en una idea 
y un propósito de carácter utilitario y sí de gran alcance á 
la postre, primeramente de índole tan interesada como in- 
dividual. Y tonto es así, que uno de los trabajos más inte- 
resantes que hay por hacer en la historia del pueblo inglés 
es mostrar como desde este punto de vista un tanto exclu- 
sivo y personal, Inglaterra pudo llegar en este siglo que 
vivimos á esas grandes reformas de sentido universal, á 
ese cosmopolitismo que hoy echan en cara á los hombres 
modernos, como Gladstone y Bright, los representantes del 
anacrónico y desautorizado torysmo. 

Por ultimo, las instituciones políticas vinieron á co- 
operar á la obra de la raza, de la religión y de la geografía . 
Que el feudalismo existió en Inglaterra bajo la dominación 
sajona es innecesario decirlo, puesto que el feudalismo fué 
una institución ó mejor una forma de existencia social co- 
mún á todos los pueblos de Europa desde el siglo vm hasta 
el xiv, en que se alzo-poderosa y absorbente la monarquía. 



96 
Así el orden feudal aparece y prospera en la apartada Bre- 
taña como en el continente europeo, desde su forma primi- 
tiva hasta su última evolución, esto es, desde el feudo pe» 
queño, uraño, atomístico é intransigente, en cuyo seno se 
dan la división de las personas en eorles y tañes ó nobles, 
cheorles ó libres y deves ó esclavos, y la referencia de la so- 
beranía á la propiedad, hasta la confederación de feudos 
(la heptarquía, antecedente lógico é inmediato de la nacio- 
nalidad británica), con su asamblea de terranientes y sabios 
y su rey ó bretwalda, sin otros poderes que los otorgados 
por los señores. 

La invasión normanda produjo en el desenvolvi- 
miento de la vida inglesa, una anticipación de cerca de 
cuatro siglos, respecto del ordinario correr de las co- 
sas europeas. De un lado sobrevino la muerte del alodio, 
y de otro, y esto fué mas grave, la exaltación del poder 
real sóbrelos antiguos barones. Así á partir del siglo xi la 
monarquía no está á espensas de los señores feudales, sino 
que mediante la apropiación de cuantiosos bienes, por arte 
de conquista, cuenta con recursos propios; y merced á la 
repartición de otras heredades entre los soldados norman- 
dos y el juramento de fidelidad y obligación directa é in- 
mediata queá los barones impuso Guillermo en los prime- 
ros dias de la invasión, se cambia el carácter de la antigua 
Wittenagemot, convirtiéndola de Asamblea de señores in- 
dependientes en Colloquíum ó parlamento de obispos, aba- 
des y grandes barones, vasallos todos del rey. 

De aquí en gran parte el sentido especiaiísimo del mo- 
vimiento político inglés. Si esto hubiera sucedido trescien- 
tos ó cuatrocientos años mas tarde, sus resultados habrían 
sido análogos á los que en el continente produjo el triunfo 
de la monarquía sobre el feudalismo. Pero en el siglo xi 
las circunstancias eran otras y los efectos debían ser dife- 
rentes. En primer lugar, el golpe dado por Guillermo fué 
tan rudo, tan decidido y tan certero, que desde el momen- 
to mismo del triunfo de los normandos la monarquía no 
tuvo delante de sí mas que á un enemigo formado por no- 
bles y plebeyos, por señores y siervos, vencidos y humi- 



97 
liados á la par por el poder de la realeza. No había menes- 
ter el rey, apoyarse en el estado llano para vencerá los se- 
ñores, ni contraer sus esfuerzos á conseguir en el trascurso 
de dos ó tres siglos el abatimiento de los feudos y de los 
concejos, favoreciendo ora á estos, oraá los otros, hasta la 
sumisión completa de todos dentro de la igualdad del ab- 
solutismo. Su preeminencia la alcanza desde el primer ins- 
tante, y esto determinó la intimidad de la plebe y la noble- 
za para recabar garantías del monarca, sin cuidarse de 
modificar primerameute y de un modo serio las relaciones 
que entre sí mantenían las diversas clases sociales. De aquí' 
no solo la permanente influencia de las antiguas familias 
privilegiadas sobre las clases inferiores de Inglaterra, de- 
cuya causa las primeras se hicieron defensoras, defendien- 
do su propio interés, sí que también la regularidad y solidez, 
del desenvolvimiento político de aquel pueblo, no violenta- 
do por grandes soluciones de continuidad, ni abandonado' 
por completo, en los momentos críticos, á la providencia 
de las revoluciones. 

La demostración de estos asertos no es difícil. Abrid la 
historia de los dos grandes sacudimientos políticos que re- 
gistran los anales de Inglaterra; el de 1640, que princi- 
piando con la célebre Petición de derechos, condujo á la 
república, para concluir con la restauración ¿Je los Estuar- 
dos, y el de 1688 que, poniendo en el trono de Jacobo II 
á Guillermo de Orange, inauguró el período verdadera- 
mente moderno de la vida política británica. Aquel contó 
entre sus primeros directores á hombres como el conde 
de Essex, lord Manchester y el marqués de Argyle; lle- 
gando el caso de que la Junta encargada del poder eje- 
cutivo cuando Carlos I se retiró á York para venir á la ba- 
talla de Edgehill, se compusiese de diez miembros de los 
Comunes y cinco Pares. Respecto del segundo movimiento, 
no hay que decir que desde el principio al fin de aquella 
revolución estuvieron á la cabeza los Russell, los Damby, 
los Sunderland y tantos otros nobles, correspondiendo á 
lord Halifax el presentar á Guillermo, para que la jurara, 
aquella famosa Declaración de derechos que, junto con ei 

7 



Act of settlement que puso la corona en la cabeza de los 
príncipes de la casa de Hannover, forman la base de! ac- 
tual derecho político inglés. 

Demás de esto hay que apreciar la manera con que las 
diversas clases de la sociedad inglesa han adquirido sus li- 
bertades; cosa que se ha realizado, como antes he dicho, 
no mediante la previa nivelación de aquellas clases, sino en 
virtud de que las conquistas alcanzadas por la superior, res- 
pecto de la monarquía, han implicado reformas, saturadas 
del espíritu de aquellos triunfos, en las relaciones de todos 
los grupos sociales, único moíio de que la aristocracia pudie- 
se contar con el apoyo de las clases inferiores contra la rea- 
leza. Así, por ejemplo, si con la Charta Magna los señores 
obtuvieron del rey que éste no impusiese contribuciones 
fuera de tres contados casos (el de su rescate personal, ei 
casamiento de su hija mayor y el ingreso de su hijo en la 
caballería), y que ningún hombre libre pudiera ser preso 
ni privado de sus bienes sin el veredicto del jurado, y que 
no fuera lícito al monarca relmoar ni diferir la justicia de- 
bida á sus subditos, y, en fin, que quedaran prohibidas las- 
multas arbitrarias y la servidumbre de hospedaje para los 
oficiales reales; estas mismas franquicias se estendieron á las 
clases dependientes de los señores, que para este efecto 
ocupaban el mismo lugar que el rey en el anterior caso. 
Por manera que todas las reformas que han hecho posible 
en Inglaterra la aproximación de la democracia, que hoy 
ya pretende el imperio en aquella sociedad, no las consi- 
guió el cuarto estado luchando contra la antigua aristo- 
cracia, sino apoyando á ésta contra la monarquía, seguro 
de que el interés de los , señores era al cabo su interés 
propio. 

Esta misma circunstancia, apreciada desde otro punto de 
vista, da margen á una segunda consideración sobre el ca- 
rácter del desenvolvimiento político de Inglaterra. Hemos 
visto cómo el hecho de haberse establecido ya en el si- 
glo xi la monarquía con el summum de facultades para ella 
apetecibles, sirvió para que el progreso político de aquel 
país se realizase desde entonces á espensas del poder real; 



99 
pero la circunstancia de que la monarquía no se hubiese 
asentado sobre la igualdad de todas las clases, sino sobre 
la negación de todo lo que en cada clase y cada estado era 
particularmente incompatible con la supremacía de la rea- 
leza, da fundamento para que las concesiones arrancadas á 
ésta no revistan la forma de una ley general, ni constituyan 
verdaderamente un orden jurídico, ejemplo, como tal, de 
regularidad y armonía. Por el contrario, todos los triunfo s 
logrados por los enemigos de la monarquía se adaptan 
(hasta donde esto es posible, dada la ley del progreso huma- 
no) á la situación particular de los triunfadores, revistien- 
do el carácter de un privilegio ó de una franquicia local ó 
individual, que correspondía admirablemente a. espíritu 
particularista de la raza y que sirvió, lo que no es decible, 
para hacer incontrastable el sentido escentralizador de la 
organización social inglesa. 

La esplicacion de este fenómeno exige un espacio y una 
atención de que no puedo disponer en este momento, pues 
que reclama ciertos pormenores y ciertas referencias á 
puntos escasamente conocidos de los que no han hecho un 
estudio especial de la legislación inglesa. En aquel fenó- 
meno tiene su razón la estraordinaria é inarmónica varie- 
dad de estatutos y prácticas que contienen así la common- 
law como la ley escrita (primera división del cuerpo jurídi- 
co británico) y que ha hecho imposible hasta hoy en Ingla- 
terra lo que esta misma ha realizado en a India; es decir, 
la codificación. Aquel mismo fenómeno es, mas especial- 
mente, el fundamento estraíío y abigarrado del derecho 
procesal inglés, con su jurado para lo civil y lo criminal, su 
corte de equidad, sus cuatro cortes de Westminster, sus 
tribunales especiales ofnot record como las court-baron> y 
en fin, sus cortes de Oxford y de Cambridge. Por último, 
en aquel fenómeno hay que buscar la causa de la anómala, 
de la monstruosa vida administrativa de muchos bourgs 
y condados, así como de la irregular existencia de la City 
de Londres y de las grandes corporaciones de Inglaterra^ 
cuya interior libertad no tiene rival en la Historia. Pero ya 
comprendéis, señores, que el mas ligero examen de todos 



100 
estos puntos no es compatible con la índole de nuestros 
estudios particulares. Anotad, pues, el hecho, y compren- 
ded cuan justificada está la costumbre de todos los escri- 
tores de la Gran Bretaña de hablar de las libertades ingle- 
sas en vez de referirse solo á la libertad como decimos los 
latinos, dando á esta palabra un sentido esencialmente po- 
lítico por todo estremo distinto al que á la misma se da 
por aquellos insulares para quienes tiene solo un alcance 
moral. 

Una tercera y última consideración debe haberse en 
cuenta para apreciar cómo la historia política de Inglaterra 
influyó en el carácter del pueblo británico; consideración 
que en realidad no se refiere exclusivamente á Inglaterra, 
sino que corresponde á un hecho muy general, si no común, 
á todos los países de la Europa de hace tres ó cuatro siglos, 
pero que en aquel pueblo tomó proporciones singulares, y 
parece adecuado cual otro ninguno al sentido de la raza 
sajona. Me refiero al hecho de haberse reducido la cuestión 
política al derecho de imponer tributos, mirándose la causa 
de la libertad desde el punto de vista del interés económico. 
Verdad que por este camino se llegó desde la Magna Charta, 
en que el rey y los señores feudales renunciaron al derecho 
de gravar á sus vasallos con impuestos, hasta el Estatuto de 
Eduardo I (en 1297), en que ya se reconoce que ninguna 
contribución se puede exigir sin estar votada por el Parla- 
mento, y el acta de Enrique IV (en 1401) en que la Cámara 
de los Comunes alcanzó el derecho de discutir la inversión 
de los recursos que votaba, con lo que dicho se está que 
tenia en sus manos el gobierno del país. Verdad que el 
celo demostrado para conseguir la seguridad de los bienes, 
produjo casi desde el primer dia garantías para la libertad 
personal, como la exención de la servidumbre de alojamiento, 
la creación del jurado y mas que esto la declaración ter- 
minante consignada en la Charla de 1215 de que ningún 
hombre libre pudiese ser aprisionado ni privado de sus 
bienes sino en virtud de sentencia de tribunal competente. 
Y no menos cierto es que la máxima, desde entonces fun- 
damental del derecho político inglés, de que á nadie se le 



101 

pueda exigir un impuesto que no haya votado, sirvió para 
que en el Parlamento, compuesto á principios del siglo xni 
de obispos, abades, condes y barones, tomasen asiento de- 
finitivamente los caballeros y la burguesa por ei Estatuto 
de Eduardo, conocido con el nombre de Tallagio non con- 
cedértelo. Pero todo esto lejos de obstar á la exactitud de 
la consideración que vengo esponiendo, le dá mas fuerza y 
solo prueba la intimidad que existe entre las cuestiones 
meramente políticas y las cuestiones económicas, y como 
cualquier paso que se dé en un orden, resuena en el otro 
y exige correspondencia. 

Con tales antecedentes, fácil os será, señores, apreciar 
la manera de formarse el carácter inglés en el curso de la 
historia; y si á esto agregáis el espíritu dominante en el 
siglo xv, de que ya hablé en la Conferencia anterior, me 
evitareis el insistir en demostrar a priori cómo el sentido 
de la colonización moderna inglesa tenia que revestir un 
carácter esencialmente utilitario, y mucho mas estrecho 
que el. sentido de la colonización española de aquella mis- 
ma época; pues que al fin, ei espíritu de nuestra raza sin- 
cretizadora, arrebatada, pronta á las grandes idealizacio- 
nes y víctima de toda clase de viriles fantasías, contenia 
hasta cierto punto las poderosas exigencias de la ley del 
tiempo. 

Pero esto se comprende todavía mejor fijándose dete- 
nidamente en la economía del imperio colonial inglés de 
los siglos xv al xvni inclusive; esto es, en las colonias de 
América, pues que de las de Asid ya tengo dicho que no he 
de tratar en el presente curso. 

Todo el mundo sabe que cuando sobrevino la emanci- 
pación délos Estados-Unidos de América, Inglaterra poseía 
en aquel continente, no solo los trece Estados que se con- 
federaron contra el Gobierno británico, sino el Canadá, las 
Floridas, las Antillas y la Guyana. Todas estas vastas pose- 
siones las habia obtenido de Francia y de España mediante 
las paces de Paris y de Versalles en la segunda mitad del 
siglo xvni. Solo la posesión de Jamaica databa de 1655, en 
que los ingleses nos expulsaron de la isla, poblándola coa 



102 
partidarios de la monarquía deportados por el dictador 
Cromwell. 

De un modo análogo, aunque mas violento, porque al 
fin no medió previa declaración de guerra, los ingleses se 
hicieron en 1664 con la colonia fundada por Holanda, cua- 
renta años antes, bajo el nombre de Nueva-Bélgica (y en la 
que desde 1655 estaba comprendido el Delaware, fundado 
por los suecos de Gustavo Adolfoj, sirviendo de base para 
la constitución del Estado de Nueva-York. 

Así Inglaterra, que á la subida de los Estuardos po- 
seía 8.600 miriámetros de provincias esteriores, elevaba 
sus dominios á fines del siglo xvm á 65.000 miriámetros, 
amen del derecho de libre navegación por los mares meri- 
dionales, antes reservados á Holanda; y ya segura de su 
imperio en Asia, se establece en la Australia, como en tiem- 
po de Carlos lí, y mediado el siglo xvn, satisfecha de sus 
progresos en América, pone el pié¡en África. ¡Admiran tanla 
ambición, tanto esfuerzo, tanta perseverancia y tanto éxito! 

Pero como he indicado antes, el núcleo de la coloni- 
zación inglesa en América lo constituyeron los célebres trece 
Estados"que se aliaron contra Inglaterra y firmaron el acta 
de independencia. Entiéndase, empero, que no todos salie- 
ron directamente de Inglaterra, sí que unos de otros y al- 
gunos por cesión de los mismos indios ó sea de la raza 
autochtotona. 

Como en otra Conferencia he apuntado, los ingleses 
desembarcaron en América, en los últimos años del si- 
glo xv; en tiempo de Enrique VII, hacia las alturas de 
Terranova y bajo la dirección de los Gabotto, padre é hi- 
jo; mas la colonización inglesa en realidad no comenzó 
hasta que en 1606, después de los viajes y las tentativas 
de Walter Raleigh, en tiempo de la Reina Virgen, Jaco- 
bo I dividió todo el territorio entrevisto por sus subditos 
y ya conocido con el nombre de Virginia, en dos grandes 
porciones que se llamaron Colonia del Sur ó propiamente 
Virginia, y Colonia del Norte ó de Plymouth. De ambas sa- 
lieron en el trascurso de ochenta años casi todas las de- 
más provincias. 



103 
De Virginia proceden las Carolinas (del N. y del S.) por 
concesiones especiales de Carlos II á dos compañías de 
grandes señores, sobre la base de dos grupos de emigrantes, 
el primero constituido no lejos de Norfolk por varios com- 
plicados en una rebelión de Virginia acaudillada por el co- 
ronel Bacon, y el otro formado por un puñado de propieta- 
rios de la Barbada, que con sus negros vinieron á estable- 
cerse al Continente, casi en el límite de las actuales Carolinas: 
el Maryland, fundado por la emigración católica del tiempo 
de Jacobo I, dirigida por el piadoso lord Baltimore y que 
el espíritu intransigente de los colonos de Virginia hi- 
zo imposible en esta provincia: y en fin, la Georgia, fun- 
dada en 1752 — caso peregrino en la historia de la colo- 
nización inglesa — con la cooperación del Estado, por una 
sociedad de hombres piadosos dirigidos por Oglethorpe, 
con la mira de dar asilo á los presos por deudas y á los 
indigentes. 

De la Virginia del Norte ó sea de la Colonia de Ply- 
mouth (cuyo nombre se trocó en el de Nueva Inglaterra), 
salieron Nueva-Plimuith fundada por los inmortales pere- 
grinos de Flor de Muyo y que conservó su vida propia y 
distinta por espacio áy, 70 años, esto es, hasta 1690 en 
que fué incorporada á a provincia de Massachussetts; 
Massachussetts creada en 1629 por el esfuerzo de otros pu- 
ritanos, que después de obíener del consejo Piimoufh el 
territorio suficien!¡ i para su empresa, lograron de Cár-^ 
los I.° que se le> i ¿luyese en corporación tan respeta- 
ble como la de Pi m h. con el nombre de Compañía de 
la bahía de Mass;¡ .¡ ■ >Us: Providencia fundada en 1656 
por'RogerWilhV;. uerdo con la raza autoch tona délos 

Narragansets, tt ! . ron otros colonos de Massachus- 

setts, de la iní -..¡ deísta de los puritanos de esta 

provincia: Rh<> <: 1 land, formada dos años mas tarde 
por los trabajos de Ana Hutchinson y sus secuaces, 
proscritos de Massachussetts por sus opiniones quie- 
tistas en materia religiosa: Conneticut, originada por la 
disidencia de Jos dos primeros directores de Massa- 
chussetts y levantada por Hooker á costa de sangrientas 



104 
•luchas con los indios de la localidad: Nueva-Hampshire. 
fundada por el capitán Masón con obreros venidos de In- 
glaterra y anglicanos emigrados de Massachussetts; Nueva 
Ha ven, creada por el pastor Davenport y Teófilo Eatons, 
con un sentido quizás el mas rigurosamente evangélico de 
todas las colonias británicas; y en fin, Maine, constituida 
,por los esfuerzos de Fernando Gorges, uno de los miembros- 
-del Gran Consejo de Plimouth, con elementos esencialmente 
británicos. 

A estas colonias hay que añadir (prescindiendo ya de 
Nueva-York) otras tres; Nueva Jersey, Pensilvania y Delawa- 
re. La primera salió de Nueva-York, esto es, de aquella colo- 
nia holandesa, de que se apoderó Carlos II, concediéndola á 
su hermano el duque de York, el cual á su vez traspasó 
una parte de sus dominios (entre el Hudson y el Delaware) 
á lord Berkeley y sir Carteret, verdaderos fundadores de 
Nueva Jersey. Doce años después lord Berkeley cedia la 
mitad de la colonia al cuákero Guillermo Penn, que 
con la aprobación de Carlos II y el acuerdo de los indios, 
fundó la Pensilvania. El Delaware ya he dicho que se for- 
mó sobre una colonia sueca, sometida luego por los ho- 
landeses, comprendida mas tarde en el vasto Estado^ de 
Nueva-York, y por último, englobada en el de Pensilvania, 
■ del cual se separó en los primeros años del siglo xvin. 

Tales fueron los orígenes de las provincias inglesas 
que después se llamaron los Estados-Unidos de América. 
Ahora precisa estudiar en qué condiciones se realizó está 
colonización, cuál fué el espíritu y la cultura de los colo- 
nizadores y por qué peripecias pasó el imperio' colonial 
británico antes de la terrible fecha de 1776. 

Desde que Blackstone en sus famosos Comentarios: esta 
bleeió la división de las provincias ó colonias inglesas de 
América en gobiernos provinciales, gobiernos de propieta- 
rios y gobiernos de Cartas, se ha hecho costumbre gene- 
ral referirse á esta clasificación que dista bastante de ser 
perfecta y cientificp. Según el jurisconsulto ingMs el prín- 
mer grupo de esta división lo constituían aquellas colonias 
que, como Yirídnia, Nueva -York,, las Carolinas & Georgia», 



105 
se habían fundado reservándose la plenitud del poder po- 
lítico la metrópoli, que lo delegaba temporalmente en los 
gobernadores por ella nombrados, á la par que en un con- 
sejo también de su propia elección. Los gobiernos de pro- 
pietarios eran aquellos en que la metrópoli desde el prin- 
cipio había abandonado sus poderes á hombres importan- 
tes por su posición social, que á su cargo tomaban la obra 
de colonizar países como Maryland, Pensilvania ó Delawa- 
re; y por último, los gobiernos ó colonias de Cartas eran 
aquellos en que la metrópoli entregaba mas ó menos con- 
dicionalmente l \ soberanía á determinadas compañías ó 
corporaciones, como las que llevaron á efecto la coloniza- 
ción de Massachussets y aun la de toda la Nueva Ingla- 
terra , 

No tengo inconveniente en reconocer que en la clasifi- 
cación de Biakstone hay algo y aun mucho de verdad; pe- 
ro de seguro que quien á ella se atuviera bolamente, pobre 
juicio habría de formar de las colonias británicas. Por solo 
aquella clasificación ¿quién podría conocer lo que constitu- 
ye el carácter general de esas sociedades; esto es, la pro- 
pensión ó mejor dicho, la voluntad resuelta y declarada de 
Inglaterra de eliminar de las cargas y atenciones del Esta- 
do el empeño de la colonización, así como el sentido esen- 
cialmente mercantil de las colonias y la preocupación enér- 
gicamente utilitaria con que desde el primer dia las consi- 
deró el gobierno británico? Por otra parte, ¿qué datos ar- 
roja la clasificación de Blackstone para apreciar los ele- 
mentos con que la colonización inglesa se realizó y que 
constituyeron la base de la sociedad norte-americana? Por 
último, ¿cómo solo por aquellas definiciones y espiracio- 
nes podría estimarse el progreso de las colonias citadas, la 
aproximación de unas á otras y el establecimiento y arrai- 
go en el interior de las instituciones que formaban verda- 
deramente el código político de aquellos pueblos? Y, sin 
embargo, es preciso ocuparse de todos estos punios, cuya 
importancia no debo encarecer. 

Paréceme de toda evidencia la afirmación que antes ha 
(hecho respecto al proposito de Inglaterra de eximir al Es- 



106 
tadode las cargas de la colonización, siempre que se trate 
tan solo délas colonias á que Blackstone daba el nombre de 
gobiernos de propietarios y gobiernos de Cartas, pues que á 
nadie se le habría de ocurrir hablar de favores recibidos 
del gobierno de Londres por los puritanos en Nueva Ingla- 
terra ó los cuákeros en Pensil vania. Cuando el aserto pue- 
de parecer discutible, es al tratar de aquellos otros Estados 
en que, como en Virginia ó en Nueva-York, la autoridad 
de la metrópoli se ejercia mas directamente. Y sin embar- 
go, ¿cómo se intentó y realizó la colonización en Virginia, 
por ejemplo? 

Poco hace he recordado la división introducida por Ja- 
cobo í en los 'dominios de Inglaterra en América, y hecho 
mención, por tanto, de las dos célebres colonias de Pli- 
mouth y de Virginia. Antes de esta división, hay que re- 
gistrar el descubrimiento y las correrías de Gaboto desde 
el cabo Bretón á las Floridas en 1496, y las espediciones 
de Walter Raleigh desde 1584, que, como también he dicho 
antes, constituyen los antecedentes y aun la base del impe- 
rio británico en América. Pues bien; ni Enrique VII apoyó 
á Gaboto con recursos de género alguno, ni la reina Virgen 
acogió por un solo momento la proposición de Raleigh, de 
interesarla en sus espediciones. La una se contentó con 
aceptar el título de madrina de la empresa y el otro con 
conceder al navegante facultad para que en nombre de In- 
glaterra tomase posesión de las tierras que descubriera» 
reservándose la corona — eso sí — el quinto de los producto s 
de aquel pretendido negocio. ¡Comparad esta actitud con 
la de Isabel la Católica ó los reyes de Portugal! 

Pero llega la división de las tierras descubiertas en dos 
grandes porciones. Créase la colonia de Virginia, y en se- 
guida Jacobo entrega su dirección á una compañía estable- 
cida en Londres, á cuyo frente figuraba un consejo desig- 
nado por el rey con leyes y reglamentos hechos por este, 
pero investido de todas las facultades necesarias para hacer 
el comercio y nombrar los consejos locales compuestos de 
siete miembros, á cuyo cargo corría cuidar de los intere- 
ses públicos, bajo la suprema inspección del Consejo d 



107 
Londres, y en último caso del monarca. Pero la colonia, 
lejos de prosperar, decaía, ya por la muerte de los colonos, 
ya por los ataques de los indios, ya por la falta de espan- 
sion y movimiento en el interior; y entonces se modifican 
los estatutos de la compañía londonense, que adquiere todas 
las facultades que el rey se habia reservado, inaugurando 
su nueva era con el envió á América de Lord Delaware en 
1610; estoes, cuatro años después de haberse constituido la 
colonia. Desde este momento, no puede haber sospecha res- 
pecto de la ingerencia del Estado inglés en la colonización 
de Virginia. 

Pero hay mas. Apenas habían pasado nueve años, 
en 1619, los colonos de alguna posición, los plantadores, 
como casi desde el primer dia fueron llamados, protestan 
contra la idea de ser gobernados absolutamente por el con- 
sejo local, y el gobernador Yardley convoca á los represen- 
tantes de las plantaciones, de tal suerte, que el consejo de 
Londres no tiene mas que sancionar en 1621 la formación 
de una asamblea constituida por el antiguo consejo local y 
los diputados de la colonia, que con el gobernador se cui- 
de de la redacción de leyes y ordenanzas para el régimen 
interior de Virginia, reservando á la metrópoli el veto y la 
vista en apelación. Asi continuó la colonia prosperando 
siempre, hasta 1625 en que Jacobo suprimió la compañía 
del Sur. ¡Comparad ahora el consejo de Londres con nues- 
tro célebre consejo de Indias! 

Pero todavía precisa detenerse mas en este punto. Es 
cierto que con la muerte de la compañía en 1625, aparece 
una tendencia centralizadora en Londres, desvanecida in- 
mediatamente con la subida de Carlos I al trono. Verdad 
que al consejo de la compañía sustituyó inmediatamente 
el consejo del rey, pero no lo es menos que, consagrado 
e! poder central á la esplotacion de la colonia por medio 
del monopolio del tabaco, abandonó toda otra atención; y 
que las complicaciones de la guerra civil de Inglaterra 
primero, y después los escepcionales privilegios concedi- 
dos por Cromwcll, permitieron á Virginia mayor desahogo 
y mas libertad que nunca, como lo prueban, entre otras 



108 
cosas, las relaciones de la Asamblea americana con los 
indios, asunto capital para aquellas jóvenes sociedades y 
sobre el que la'Asamblea obró en estos años como verdade- 
ramente soberana. La reacción se impone solo, de un modo 
cierto y positivo, después de la muerte de la república y 
singularmente en la época de Jacobo II, cuyo propósito de 
reducir las colonias ala dependencia directa de la corona es 
tan claro como perseverante. Mas sobre esto hay que con- 
siderar, ante todo que el absolutismo real se estableció 
cuando ya la colonización era un hecho y cuando no se 
trataba ni podia tratar de ciertas cargas, sí que únicamen- 
te de recabar para el palacio de Londres el ejercicio de la 
soberanía sobre una sociedad política ya constituida; se- 
gundo, que nunca este absolutismo negó en absoluto la 
competencia de la colonia en sus asuntos interiores ñipara 
atender á las necesidades locales buscó recursos fuera de 
la colonia; y por último, que la sujeción inaugurada por 
Jacobo K en lo político, desmayó con el advenimiento de 
Guillermo y el imperio del Parlamento mediante la esten- 
sion á los colonos de los derechos de ciudadano inglés y el 
goce de todos los privilegios nacionales, para contraerse 
á lo económico, extremándose en este sentido aun mas 
allá de las antipáticas ideas de Garlos II. 

Tal es, brevísimamente y solo con cierto fin relatada, 
la historia de Virginia. Todavía sena mas concluyente el 
juicio que habríais de formar si fuese del caso detenernos 
en otras colonias ó gobiernos provinciales, como Nueva- 
Jersey, Nueva-Hampshire y las mismas Carolinas; porque 
es innegable que ninguna de ellas se estahleció con el ca- 
rácter de tal gobierno provincial, y es positivo que la in- 
gerencia del Estado en su primer período ha sido mucho 
menor que en Virginia. Solo cuando se trató de fundar á 
Georgia, las Cámaras y el gobierno inglés tomaron una 
parte directa y activa en estos asuntos. 

Por manera que es de todo punto punto incontestable 
que Inglaterra, bien al contrario de nuestra patria, — por 
ejemplo, — jamás miró como un empeño propio del Estado 
la iniciación v sostenimiento de la obra colonizadora, esto 



109 
es. como nn interés de gobierno y cual corresponde aj 
individuo ó á una asociación de emprendedores. Surey es 
solo prestaron el apoyo de la bandera inglesa, comprome- 
tiéndose únicamente á protegerlos nuevos establecimientos 
contra la ambición de las demás potencias, á condición de 
que se reconociese á Inglaterra la soberanía política y con 
ésta ciertos privilegios de carácter puramente mercantil. Así, 
en el momento de la lucha de las colonias británicas con 
la metrópoli; cuando la pasión desbordaba y la injusticia 
se erigia en arbitro de la mayor parte de los conflictos, así 
pudieron aquellas poner en tela de juicio, con cierta apa- 
riencia de fundamento, los sacrificios que á Inglaterra ha- 
bían costado el advenimiento al mundo y el sorprendente 
progreso de los Estados de América. 

A esto hay que añadir la naturaleza d@ las condiciones 
mercantiles de la colonización británica y el alcance que 
la metrópoli pretendió dar á sus privilegios hasta el punto 
de contraer á este particular su preferente atención. 

Es difícil que nación alguna pueda compararse á Ingla- 
terra en la política comercial espansiva con que inauguró 
su colonización en América. Limitándose á exigir á los co- 
lonizadores un tanto del producto de las especulaciones de 
estos, dejábalos en plena libertad para hacer el comercio 
del modo y con los puntos que bien les pareciera; pero esta 
política muy luego se varió, introduciéndose reservas y 
prohibiciones de un carácter verdaderamente irritante. A 
este particular se refieren el Acta de Navegación de Carlos II 
y los bilis de Jacobo II y Jorge I. 

En honor de la verdad el Acta de Navegación fué de- 
bida á Cromwell, y al famoso Protector se la atribuye la 
Historia; pero los privilegios que este mismo habia conce- 
dido á Virginia y la oposición tanto de Virginia como de 
otras colonias hizo que en este particular la célebre Acta no 
tuviese cumplido efecto, hasta que con la restauración se 
impuso su observancia, agravándose sus prohibiciones con 
la sucesión de los tiempos, casi hasta los dias mismos de 
la independencia americana. 

Así, al principio, estaba solo reservado á los barcos y 



110 
los marineros ingleses el comercio de los producios coló-" 
niales. En seguida se limita este comercio, haciendo esclu- 
sivo de los puertos ingleses el de las mercaderías llamadas 
numeradas, en cuyo grupo entraban el cacao, el café, el ta- 
baco, el algodón, y, en fin, las especias mas codiciadas de 
las Indias occidentales. A poco se reduce el grupo de las 
mercaderías libres ó no numeradas, y así se prohibe que el 
<irroz y las maderas, por ejemplo, se vendan en los países 
que caen al Sur de Finisterre. Luego se veda el libre co- 
mercio de las colonias entre sí; mándase enérgicamente que 
en estas no puedan existir las industrias y los cultivos de 
ciertas plantas análogas a las de la metrópoli; ciérrase her- 
méticamente el mercado colonial al estranjero y se afirma 
una política comercial estrecha, antipática y á todas luces 
injusta é insoportable. De esta manera púsose de manifiesto 
una tendencia esclusiva y de esplotacion por parte de In- 
glaterra, tanto mas exagerada y tanto mas censurable^ 
cuanto que no se intentaba cohonestar siquiera con los sa- 
crificios de todo género que la colonización habia costado y 
en el momento mismo costaba al Tesoro inglés. Compa- 
rad, señores, cualquiera de los bilis que á partir de la 
restauración inglesa se dieron para ensanchar los monopo- 
lios económicos de la metrópoli y asegurar el imperio del 
rey sobre las asambleas coloniales, — el bilí mercantil de 
1665, verbi gralia, que contiene un notable preámbulo es- 
plicativo de la política comercial inglesa y cualquiera de los 
Quo Warrarafo de Jacobo II; — comparadlos con las leyes 
que aparecen en los títulos I y MX del libro 1.° de nues- 
tro Código de Indias, ó con las prescripciones de los li- 
bros 4.°, 6.° y 8.° de este mismo Código. Mientras aquí las 
protestas de buscar la felicidad de los pueblos reducidos y 
de estender el dominio de la cristiandad son constantes, es 
difícil, por no decir imposible, que estas mismas declara- 
ciones las encontréis en los decretos de los Carlos, los Ja- 
cobos y los Jorges. Eran muy distintas las ideas que presi- 
dian á la redacción de unos y otros documentos, como dis- 
tinto el sentido que llevaba á España á declarar nobles á 
aquellos de sus hijos que quisieran trasladarse á UUramar 



111 

y el que hacia que Inglaterra enviase sus esclavos y sus 
presidiarios á poblar el Nuevo Mundo. 

Esta preocupación del lado mercantil de la obra coloni- 
zadora y aquella antipatía del Estado á la idea de tomar so- 
bre sí la iniciativa y los gastos de la colonización, produje- 
ron un resultado de grandísima importancia. Quiero refe- 
rirme á la competencia que dio á los colonos para enten- 
der y dirigir sus negocios interiores y particulares, reali- 
zándose así algo análogo, aunque por caminos bien diferen- 
tes y por motivos hasta opuestos, á loque sucedió en la co- 
lonización griega. 

Cómo esto pasó lo comprendereis perfectamente recor- 
dando lo que hace pocos momentos he dicho de la histo- 
ria de Virginia. Lo mismo y aun en mayor grado aconteció 
con Nueva Inglaterra. 

Es frecuente confundir las especies afirmando que de la 
primera colonia puritana salieron todas las demás del Nor- 
te y del Este de América, mas á poco que se examinen las 
cosas se pone en evidencia la realidad de los hechos. La 
primera colonia fundada por los puritanos que huian de la 
famosa Comisión de negocios eclesiásticos de Inglaterra, en 
busca de tierra inglesa donde adorar libremente á Dios, fué 
la de Nueva-Plimouth, creada por los independientes emi- 
grados de Zeyde, dirigidos por John Robinson, después de 
haber logrado de la compañía de Virginia la concesión de 
una parte de su territorio, y el permiso de Jacobo I para 
establecer algo como una pesquería. La perfidia ó la casua- 
lidad hizo que May Floiver, en vez de arribar a la bahía de 
Hudson, tocase cerca del cabo Cod, y que la colonia pro- 
yectada en la Virginia del Sur se estableciese en el Norte, 
dentro de los límites de la compañía ó consejo de Pli- 
mouth, con el cual tuvieron que entenderse los colonos, 
quedando estos dueños desús actos á condición de produ- 
cir en común, atribuyéndose á cada trabajador un valor de 
diez libras, como equivalente de sus servicios. Antes de 
trascurridos nueve años, reformábase e! acta de concesión, 
traspasando los comerciantes de Inglaterra, mediante nue- 
ve mil pesos, todos sus'derechos á los colonos de América, 



112 
que inmediatamente establecieron la repartición de las 
tierras y el trabajo individual. Poco atendidos de la com- 
pañía y nada por el rey hasta 1629, y olvidados por com- 
pleto de la una y del otro desde esta fecha, los pobladores 
de Nueva Plimoufh pudieron establecer el puritanismo, 
á pesar de las declaraciones anglicanas de rigor en todas 
las licencias de colonización; y solo así fué posible el es- 
pectáculo que desde el primer dia — desde aquel famoso 
pacto de 11 de Noviembre de 1620, firmado por los 101 
emigrantes de Maij Floiver — se constituyese el gobierno de 
Nueva Plimouth sobre el sufragio universal, con un gober- 
nador y un consejo de cinco personas elegidas en la mis- 
ma localidad, y una Asamblea general que hacia 1639 se 
convirtió, por haberse diseminado la población, en Cámara 
representativa, investida de la plenitud délos poderes po- 
líticos, hasta la reacción del tiempo de Jacobo II, y poste- 
riormente la absorción de la colonia por la de Massachus- 
seis en la época de Guillermo de Orange. 

Pero, si Nueva Plimouth fué la primera de las colonias 
puritanas y de las provincias del Norte y Este de la Améri- 
ca sajona, no por esto tiene la gloria de haber sido la ma- 
dre de todas las restantes. Mas digna de este título es la de 
Massachussetts, de donde, como hemos visto, proceden 
mas ó menos directamente los actuales Estados de Rhode- 
Ysland, Providencia, Connecticut, etc., etc. El ejemplo de 
Nueva Plimouth y la insistencia de la intolerancia anglica- 
na fueron causa de cuatro emigraciones inglesas con des- 
tino al territorio de la compañía de Nueva-Inglaterra, ve- 
rificadas de 1621 á 1629, en los célebres barcos May ¡F/o- 
wer, Fortune, Anne y Little-James, emigraciones que en la 
historia de los Estados-Unidos se recuerdan con el dulce 
nombre de los Padres peregrinos, y son miradas con el 
piadoso respeto que á toda familia inspira la memoria de 
sus mayores. De estas espediciones, la mas importante fué 
a última, compuesta de puritanos, que con una concesión 
de terrenos del gran Consejo de Plimotuh y una carta de 
Carlos I formaron la «Compañía de la bahía de Massachus^ 
sets.» 



113 

El carácter de la nueva empresa era como el de sus 
análogas, esencialmente comercial, solo que el rey atribuía 
A su gobierno facultades para resolver todo lo que al tráfico 
y á la esplotacion de la colonia se refiriese; atribución de 
índole un tanto indefinida, por mas de que se sobreenten- 
diese siempre el respeto debido á hs leyes generales de la 
metrópoli, dado eljuramento de fidelidad y supremacía que 
los colonos tenían que prestar. La nueva colonia se admi- 
nistraba por un gobernador, un ayudante y un consejo de 
diez y ocho auxiliares, elegidos por los accionistas de la 
empresa, los cuales debían reunirse en junta general cua- 
tro veces al año en Inglaterra, donde debia residir el po- 
der supremo de la Compañía. 

Como se vé, ésta desde su origen gozaba de más liber- 
tad que la > de Virginia. Pocos meses habian trascurrido 
desde la patente de 1629 y ya, coa motivo de una nueva 
espedicion de mil emigrantes -los fundadores de Boston, 
de la ciudad Santa de los Estados-Unidos, patria de Fran- 
klin, iniciadora del movimiento de 1776 y centro del 
abolicionismo — obtienen los colonos que el consejo y la 
administración general de la Compañía se Irasladen á 
América, con lo que se afirma , de un modo insupe- 
rable, la autonomía de ésta y se hace factible que á los 
dos años pretendan el carácter de accionistas y por tan- 
to la intervención directa en el gobierno superior, todos 
los propietarios ó freemen de la Colonia; que en 1634 se 
establezca el régimen representativo y en 1644 las dos 
Cámaras; que en 1631 se declare la existencia oficial y 
mas aun, la omnipotencia del puritanismo, disponiéndose 
que «ninguna persona pudiese ser admitida á disfrutar de 
las franquicias é inmunidades del cuerpo político , sino los 
que fuesen miembros de alguna de las iglesias establecidas 
^en los límites de su jurisdicción;» que en 1630 se cree la 
independencia municipal por medio del town-ship; que en 
1647 se vote la ley de instrucción que hace obligatorio su 
sostenimiento á los ayuntamientos; que en 1652 se acuñe 
moneda en Boston y se anulen las leyes de primogenitura d*í 
Inglaterra, y en fin. que en 1643 se den los primeros pa- 



114 

sos, y al cabo se forme la Union de las colonias de Nueva 
Inglaterra (Massachussets, Nueva Plimouth, Conneticut y 
Nuevo Haven), con su junta directiva que se reunia todos 
los años, para repeler las agresiones de los indios y de las 
demás colonias estranjeras y cuidar del buen orden de la 
confederación, unión tolerada por Cromwell y por todos 
los reyes de Inglaterra hasta Jacobo II. 

Es imposible pretender mas libertad' ni mas poderes; 
unid á esto el jurado que la Gran Bretaña habia impuesto 
como una costumbre en todas sus colonias, y el cuadro no 
tiene tacha. Asi se comprende perfectamente que los reyes 
de la vieja Europa, forzados á poner la mirada en las 
cosas de aquellas tierras, quedaran sorprendidos y temie- 
ran seriamente el contagio. 

Y esto sucede. En tiempo de Carlos I los anglicanos 
perseguidos por el puritanismo de Massachussets apelan 
de esta intolerancia y del abuso mismo del predominio de 
la Iglesia enemiga al rey de Inglaterra; y Carlos 1 piensa 
en la revisión y reforma de la Carta, que no tuvieron efec- 
to por el advenimiento de la república. La restauración, 
empero, lo hizo todo. Los comisionados de Carlos II — 
de aquel Carlos que habia puesto en vigor el Acta de 
Navegación — sentaron las bases para que en 1684 se 
anulase la Carta tan discutida, y dos años después, bajo 
Jacobo II, se estableciese en el nuevo continente el abso- 
lutismo de Andross, el mas repugnante que registra la his- 
toria de las colonias de .América, y que solo concluyó con 
la caida de los Estuardos y el triunfo de Guillermo, cuatro 
años más tarde, sin que por esto volviese Massachussets 
al goce de sus antiguos derechos, reducida como quedó al 
carácter de lo que Blackstone llama un gobierno provincial. 

Pero notad, señores, notad de qué manera, en qué tono 
y con qué fórmulas protestaban los colonos de Massachus- 
setts contra toda idea de revisión y reforma de su Carta. 
«Las libertades que la Colonia tiene de Ü . le la Carta 
son — decia la Asamblea en 166! — el derecho de nombrar 
por si misma al gobernador, al teniente gobernador y á los 
.representantes: el derecho de admitir (freemen) hombres 



115 

libres bajo las condiciones que estime buenas....; el dere- 
cho de ejercer por medio de magistrados y de diputados 
elegidos anualmente toda la autoridad legislativa, ejecutiva 
y judicial etc., etc.» — «Los colonos de Nueva Ingla- 
terra lo son en virtud de un pacto que todos los que en éí 
intervinieron están obligados «á respetar» — decían los co- 
lonos en otra parte. — «Por excitación y al amparo de la 
Carta — escribían al rey Carlos II en 1664 — el pueblo se 
trasportó sobre el Océano y á su cuenta y riesgo, con 
mujeres y niños; así creó la colonia con trabajo, peligros, 
gastos y dificultades innumerables, luchando durante 
largos años con las miserias del desierto, y las cargas de 
un establecimiento nuevo, hab'endo gozado, desde hace 
treinta años, del privilegio de gobernarse, como de un de- 
recho cierto á los ojos de Dios y de los hombres.» — Ved, 
por tanto, cómo en el momento solemne se recordaba qu>& 
la colonización no habia costado nada al Estado y com^ 
se pretendía que las colonias británicas eran algo extraño^ 
algo independiente de la madre patria: pretensión harta 
justificada en el Norte-América por los sucesos de cerqa 
de cincuenta años, así como por el origen y el carácter de 
toda la colonización inglesa en aquella época, y que jamás 
tuvieron los colonos de los reinos que España formó, de 
muy distinta minera en el Sur del continente americano. 
Por manera, señores, que lo mismo en Virginia que en 
Nueva Inglaterra fué un hecho el abandono de todo lo re- 
lativo- á la gobernación colonial por la madre patria Insta 
la restauración de los Estuardos, esto es, en un período de 
cerca de cincuenta años. Con la restauración se inaugura un 
segundo período (que abarca de 1651 á 1688) de decretos 
conocidos con el título de Quo Warranl, debidos en su 
mayor parte á Jacobo II, que echan por tierra casi todas 
las patentes coloniales y con ellas los gobiernos de cartas 
y de propietarios, para llevar á América el absolutismo 
primero del Parlamento y luego del rey. Y por último, 
con el enaltecimiento de la casa de Hannover, sí bien 
cesa el absolutismo en las colonias, y se establecen en 
ellas la libertad de la iñíprenta, el Reblas corpus, la líber- 



116 

tad religiosa, el jurado, la autonomía municipal y en una 
palabra todos los derechos que caracterizan al ciudadano 
inglés, sin embargo nunca vuelven los derechos que daban 
un cierto carácter de independientes á las asambleas de 
muchas provincias. 

La supremacía ó mejor la omnipotencia del Parlamento 
sin dar cabida en él á los colonos, se afirma reduciendo á 
gobiernos provinciales á tocas las colonias de Carta y de 
propietarios, fuera del Connelicutl, el Delaware, la Pensil- 
vania y hasta cierto punto el Maryland. Y al lado de esta 
supremacía, se mantiene el Acta de Navegación. Ved ahí ej. 
derecho colonial inglés á fines del siglo xvm, no esta- 
blecido sobre tan firmes bases ni con tan perfecta justicia 
que hiciera imposible las constantes cuanto enérgicas pro- 
testas de muchas desús colonias, nunca resignadas á la 
pérdida de las antiguas franquicias. Y ved ahí el proceso de 
efca legislación, que solo en un breve plazo de menos de 
éfhco años (de 1684 á 1688) negó en absoluto la descentra- 
lización colonial y las libertades públicas. - 
* Pero es preciso no olvidar que sus bondades no fueron 
MJas de un serio pensamiento de los políticos de la metró- 
poli, ni pueden entrar en el cuadro de un sistema. La co- 
lonización inglesa se hizo en medio de la indiferencia del 
Estado, que solo vino á fijarse en las colonias cu¿mdo ya 
estas se habían formado, y con el doble objeto de recabar 
la soberanía sobre aquellas dependencias (que así se apelli- 
daron en los libros y aun en las leyes) y de asegurar el mo- 
nopolio económico en provecho de los europeos. De este 
modo puede decirse que las colonias inglesas se hicieron 
ellas mismas, contribuyendo las circunstancias y merced á 
los elementos con que se intentaron las primeras funda- 
ciones. 

Y hé aquí, señores, un cuarto y último toque que dis- 
tingue á la colonización británica de los tiempos á que me 
vengo refiriendo. Observad con qué clase de gente y con 
qué especie de recursos y qué caudal de ideas se echaron 
los cimientos de los Estados-Unidos. Observad cómo las 
colonias se constituyen solo con europeos, escluyendo á 



117 

los indios y semejando una vez mas á las colonias grie- 
gas. Con la excepción del quákero Penn y del piadoso 
Roger Williams, lo mismo los fundadores que los gober- 
nantes de las nuevas sociedades no se entienden con 
Ja raza autochtona sino para luchar con ella, .para ahu- 
yentarla, para estirparla; y así jamás pudo darse, en el 
Norte de América Estado ó provincia alguna que ofreciera 
lamas ligera semejanza con Méjico, el Perú ó la Plata. 
Esto naturalmente, si obstaba á uno de los fines de la co- 
lonización, que es la educación de las razas atrasadas, en 
cambio favorecía, lo que no es decible-, el progreso de los 
nuevos pueblos, cuyo punto de partida era el grado de cul- 
tura de la madre patria, sin los obstáculos que la tradición 
opone necesariamente á ciertos desarrollos. 

Por otra parte, notad la condición de la mayoría, de la 
£asi totalidad de los emigrantes. Puritanos perseguidos poi 
razón de sus opiniones religiosas, devotos de los Estuardos 
ó de la república deportados ó vendidos para Ultramar, 
presidiarios de que la madre patria queria deshacerse, y 
por último, trabajadores (indenled servants) trasportados 
por los directores de las colonias ó las empresas partícula-, 
res al modo y en las condiciones de los chinos de nuestros 
dias. No encontrareis en esa emigración soldados y con- 
quistadores; tampoco os ofrecerá su historia aquellas de- 
claraciones de nobleza con que España favorecia— en la 
mira de acelerar la colonización — á los que querían trasla- 
darse á América: tampoco echareis de ver en aquellas so- 
ciedades el anhelo del emigrante de volver á la madre pa- 
tria, y el empeño de todos momentos de mantener el 
vínculo de la dependencia con la metrópoli, como un 
objeto sagrado y un interés supremo. 

Demás de esto, como que la vida religiosa era verda- 
deramente, en la Inglaterra del siglo xvn, toda la vida, 
y la diversidad de iglesias representaba mas que todo un 
inmenso movimiento político, no es estraño que el purita- 
nismo, y sobre todo los que se llamaron independientes lle- 
varan en sí el germen de un republicanismo que á primera 
vista ni se sospechaba. Así ellos trajeron la república 



)13 

en 1648 y ellos la llevaron á América en 1620; solo que, 
faltando en el Nuevo Mundo la tradición que hizo posible 
la obra deMonk y el regreso de la monarquía en Inglaterra, 
allí quedó para siempre la república con sus libertades in- 
teriores y sus grandes virtudes, sin que obstase seriamen- 
te á su existencia la lejana soberanía de los reyes de la 
metrópoli. 

Y ved, ved cómo los primeros ensayos políticos de 
Nuevo Mundo revisten un carácter religioso, constituyéndo- 
se verdaderas teocracias como en Nueva-Inglaterra; pero 
reparad también cómo á poco, antes de una veintena de 
años, se rompen los estrechos moldes, estableciéndose ver- 
daderos gobiernos representativos y al cabo verdaderas de- 
mocracias. Me seria facilísimo hacerla historia detallada de 
este movimiento. 

Sobre la base de los puritanos era posible todo. Y digo 
mal; sobre la base de las iglesias perseguidas todo era po- 
isible, puesto que los primeros colonizadores no fueron solo 
puritanos, sí que también devotos de otras iglesias. El 
deportado, el presidiario, el contratado pudieron respirar 
en América, abrazando con pasión la causa de la libertad 
que era su dignificación y su bienestar y olvidando un po- 
co á la madre patria, teatro de sus miserias y campo de sus 
persecuciones. De este modo se inicia entonces esa gran 
obra de asimilación y de reforma de los elementos euro- 
peos en bien del progreso y del mundo, que es uno 
de los grandes méritos de la actual república de los Esta- 
dos-Unidos; y la cosa era tanto mas fácil entonces, cuanto 
que los nuevos emigrantes no eran como ahora del con- 
tinente europeo, ni siquiera irlandeses, elemento levan- 
tisco y que hoy mismo i antas dificultades suscita al go- 
bierno de Washington. Aquellos hombres salían de Ingla- 
terra, de Wales, aun de Escocia; llevaban al parque el 
espíritu de ja raza, la conciencia y el hábito de las institu- 
ciones ya adelantadas aue existian en la metrópoli. En 
cambio, lo que nunca pasó el Océano fué la tradición, po- 
diendo decirse con exactitud que las nuevas sociedades pa- 
recieron destinadas desde el primer dia á la libertad que 



119 

había sido su causa, era su atmósfera y tenia que ser su 
porvenir. 

Solo una mancha vino á empañar tan magnífico cua- 
dro: la servidumbre de los negros, inslitucion que allí re- 
viste un carácter completamente distinto al que revistió 
la esclavitud en los tiempos antiguos y aun la esclavitud 
moderna en los pueblos latinos. ¡Gomo que allí supone la 
diferencia sustancial de las razas y la inferioridad absoluta 
de la negra! Pero la esclavitud fué solo un detalle y una 
escepcion en las colonias inglesas hasta fines del siglo xvin. 
Solo á partir de esta época, y señaladamente ya dentro del 
período de la independencia, es cuando toma una gran im- 
portancia hasta el punto de constituir la base de la organi- 
zación de los Estados del Sur, y ser la causa de las inquie- 
tudes, los antagonismos y las violencias que á la postre hi- 
cieron necesarios los torrentes desangre y los sacrificios de 
todo género de la guerra civil de 1865. 

Cuando en 1620 arribó á las playas de Virginia el pri- 
mer buque negrero — barco holandés que venia de Guinea 
con poco mas de una docena de esclavos — al plantador in- 
glés, preocupado con la escasez de brazos y el valor estra- 
ordinario que iba tomando el tabaco, solo le ocurrió decir: 
«¡Brava idea la de llenar con negros nacidos para el tra- 
bajo y hechos á la inclemencia de un clima ardentísimo, 
los vacíos que ocasionan el espíritu levantisco de los de- 
portados, la resistencia desesperadora de los presidiarios y 
la tendencia irresistible de jos contratados á huir de las 
plantaciones!» — Siglo y medio después, al echar los ci- 
mientos de la independencia americana, Franklin esclama- 
ba: «Cada vez que pienso en la esclavitud tiemblo por mi 
país.» — Cincuenta años mas tarde, decia el mártir Lincoln, 

en medio de los horrores de la guerra de separación 

«Pero si Dios quiere que la guerra continúe hasta que hayan 
sido destruidas las riquezas acumuladas por doscientos 
años de trabajo gratuito impuesto á los esclavos: si Dios 
quiere que por cada gota de sangre humana arrancada por 
el látigo brote otra gota de sangre al golpe de la espada, 
iiumillemonos y repitamos: Los juicios de Dios son la ver- 



120 

dad y la justicia.» — Ved ahí, señores, las etapas de la es- 
clavitud en el Norte de América. 

Mas es preciso estimar las cosas como ellas son. Esa 
misma esclavitud que tantos desastres tenia necesariamente 
que traer á los Estados-Unidos, contribuyó no obstante á 
robustecer el espíritu de independencia de los planta- 
dores de la gran colonia del Sur, de Virginia, las Ca- 
rolinas y Maryland, que fué donde la servidumbre echó 
raices. Burke lo ha explicado con rara exactitud, exami- 
nando en el Parlamento inglés las causas déla insurrección 
americana. «Donde quiera— decia — que reina la esclavitud, 
los que son libres son los hombres mas altivos y mas ce- 
losos djB su libertad. Esta no es, para ellos, solo un goce, 
es una especie de nobleza y de privilegio. La libertad pa- 
rece allí algo mas grande y mas levantado que en aquellos 
otros países donde común á todos, tan esparcirla, tan ge- 
neral como el aire se une á un trabajo abyecto, á grandes 
miserias y al esterior mismo de la servidumbre. No pre- 
tendo recomendar !a moralidad de este sentimiento, que 
contiene tanto orgullo como vanidad: pero no puedo cam- 
biar la naturaleza humana. El hecho es este: el pueblo de 
las colonias del Sur esiá mas fuertemente apegado á la li- 
bertad y con un espíritu mas altivo é indomable que el 
pueblo del Norte. Tales fueron todas las repúblicas de la 
antigüedad, tales nuestros góticos abuelos, tales son en 
nuestros mismos dias (hablaba en 1775) los polacos, tales 
serán siempre los amos de esclavos que no sean ellos mis- 
mos esclavos. En tales pueblos el orgullo de la dominación 
se combina con el espíritu de libertad, le fortifica y le ha- 
ce invencible. » Así hablaba el gran orador inglés há cer- 
ca de un siglo. Mas tarde hace los comentarios que requie- 
re el caso. Ademas, la esclavitud no solo fué, como he di- 
cho, un detalle y una escepcion en las colonias inglesas, 
sino un hecho común á toda la América de aquella época. 
Por esto merece una atención especial y yo me prometo 
consagrársela en tiempo oportuno. 

Despidámonos hoy, después de haber estudiado los ras- 
gos generales de la colonización inglesa para entrar en el 



121 

examen del gran período de la independencia americana, en 
que no sé qué admirar mas si la grandeza de las figuras que 
intervienen en aquellos sucesos determinándolos y diri- 
giéndolos ó la rara energía, la constancia á toda prueba, la 
perspicacia nada común, y en fin, las virtudes escepciona- 
les de la masa de aquella sociedad que á poco había de 
hacer la desesperación de los conservadores y los reaccio- 
narios de Europa, presentándose como una de las obras 
mas brillantes y mas gloriosas, cuando menos por sus vastas 
proporciones y su solidez poderosa, de este tan calumniado 
pero tan fecundo siglo xix. 



LA ABOLICIÓN 

Y LA 

SOCIEDAD ABOLICIONISTA EN 18T3 



Discurso pronunciado por el Vice-presidente de la Sociedad 
<en la reunión pública del 1.° de Enero de 1874. 

Un folleto. Precio 2 rs. vn. 

Este discurso contiene una breve historia del origen y progreso 
de la Sociedad emancipadora; una detenida exposición de los tra- 
bajos de la Sociedad durante el año de 1873; un prolijo examen de 
la manera de haberse realizado la abolición en Puerto-Rico: una 
severa crítica de la administración republicana del último año en 
sus relaciones con Ultramar, y un estudio sobre los obstáculos con 
que la abolición cuenta en Cuba y los medios de vencerlos. 



EN PREPARACIÓN 

S?ortixgal y su código civil. — Un volumen. » 

A.inérica. — (La emancipación de los Estados-Unidos: la pér- 
dida de la América española. — Las repúblicas hispano-ameri- 
canas.— La catástrofe de Santo Domingo. — El imperio de Méjico» 
— Portugal y el Brasil. — Los adelantos de Chile y la Plata). — Un 
volumen. 

Estudios jurídicos y literarios. — (El Fuero-Juzgo. — 
La mujer y la legislación española. — El Congreso de Viena. — Lar 
autonomía colonial. — La mujer francesa). — Un volumen. 



PUBLICACIONES 

DE LA 

SOCIEDAD ABOLICIONISTA ESPAÑOLA 



Valverde, 25 y* 27, Madrid 



Lsi cuestión social en las 
Antillas españolas, por Labra» 
— Discurso pronunciado en el tea- 
tro de Lope de Rueda. 



a abolición «le la escla- 

i vitud en las Antillas españo- 
«i por Labra.— Un vol. en 4.° 



Los crímenes de la escla- 
vitud, por Castelar, Un fo- 
lleto. 



La emancipación de l.is 
esclavos de Puerto-Rico, por 
Sanromá. — Discurso pronunciado 
«n las Cortes de i 873. —Un folleto. 



Ja abolición en Pucrto- 
j Rico. — Discurcos de Castro, 
Carrasco, Labra, Alonso, y Gr. Ro- 
dtiguez en el gran teatro de la 
Opera —Un folleto en 4.° 



Conferencias esclavistas 
del teatro de Lope de Rueda, 
por Castro, Lona, Carrasco, Acos- 
tó, Sanromá, Torres Aguilar, 
Labra y Rodríguez. — (Jn volumen 



l 



oussaint 1' ouvertnre. 

—Discurso por W. Phillips. — 
n folleto. 



-ni art. V de la ley prepa- 

XJ ratoria de 1870.— (Memoria de 
la Sociedad Abolicionista Espa- 
ñola).— \]n folleto. 



La emane i pació de los 
esclavos en los Estados-Unidos, 
por Labra.— Un vol. en 16.° 



-pl cancionero del esclavo. 

-Certámei 
volumen. 



£j —Certamen poético de 1863. 
-Un v ■ ' 



f a abolición de la es- 

\j cía vitud en el orden económi- 
co, por Labra. — (Estudio cobre las 
colonias inglesas, francesas y espa- 
ñolas.— Un vol. de 4-50 págs. en 8.° 
mayor. 

La libertad de 1gt¡ negros 
en Puerto-Rico; discursos pro- 
nunciados por Labra en la Asam- 
blea Nacional en defensa de la ley 
de Marzo de 1873. 



Ta abolición inmediata. 
j Carta al ministro Graset. (De la 
Sociedad Abolicionista).— Un fo- 
1 eto. 



E' 



manifiesto de la liga 

anti-abolicion ista. — Un folleto. 



La abolición y la Socie- 
dad Abolicionista en 1873, por 
Labra. — Un folleto en 16.° 

"H echas célebres de la abo- 
JT lición de la esclavitud.— Un 
folleto. 

j a abolición en Puerto- 

Jj Rico. Primeros efectos de la 
Ley de Marzo).— Un folleto en 16.° 

y a catástrofe de Santo 

JLi Domingo. (Historia de la es- 
clavitud moderna), por Labra- — 
Un vol. en 8.° 



T exposición a D. Emilio 
i Castelar, presidente del Poder 
ejecutivo, sobre el estado de la 
cuestión de la esclavitud, por la 
Sociedad Abolicionista. — Un fo- 
lleto. 



| exposición al ministro de 

vj Ultiamar sobre el reglameDto 
del general Sanz. (Historia de 4a 
abolición en Puerto-Rico).— Un fo- 
lleto.